Espejo del tiempo
Pedro Rivera O.


París, 5 de enero del año 2,997

Yamulcaya Rivera
Jardines de las Alturas de Pacora
Panamá.


Querida Yamulcaya:

Después de Viena, como te interdigitalicé en ocasión anterior, llegué a París. Antes de la cita irremediable al Museo Estelar de Louvre, anduve por los Campos Elíseos. En ese lugar —sabes como soy para la fotogramática— me entretuve observando, entre otras nimiedades, una exposición al aire libre de imágenes supradigitalizadas, virtuales, de los colonos franceses que trabajan en la estación minera de Marte. Bonito sitio, pero no los envidio. No iría más allá de la Luna si el tiempo me lo permitiera.

París sigue siendo lugar obligado. Los ventorrillos de antigüedades desbordan las aceras. ¿Quién podría imaginar que en ese parque infantil internacional, antes, hace muchísimos años, hubo una pretensiosa torre construida por un ingeniero llamado Ifel, cuyo nombre —no sé cómo se escribe— estuvo vinculado al diseño de las esclusas de un antiguo canal marítimo que antiguamente dividía el continente americano, y que pasaba por nuestro país? De esas obras, consideradas monumentales en su tiempo, quedan poco vestigios: reproducciones, fotografías, genofotos, fotovídeos.

Siempre he dicho que, salvo el gen, nada dura para siempre.

En París me sirvió de "lazarillo" una jovencita de la serie sexiclónica europensi que resultó una maravilla. El bioingeniero que manejó su genoma, un tal Bernard, descendiente del fulano del siglo XX que hizo el primer implante de corazón a un ser humano, introdujo una modificación en sus músculos genitales, transfiriéndole poder prensil similar a la mano. Un poco extraño, pero nada del otro mundo. La versión americanensi es mucho más confiable.

Pero, no es de eso de lo que quiero hablarte sino de un extraño hallazgo que hice en una venduta de fotogüedades. ¡Imagínate, de pronto me doy de bruces con la tapa de un libro que dice: Panamá, un mundo de muchas caras! Lo adquirí, por supuesto, por casi nada, por una bicoca, y estoy anonadado: se trata de un libro de fotogramas de la gente que vivió en ese istmo de América Central a fines del siglo XX.

Llevo noches sin dormir con la mirada fija en esos espectros del pasado. Miradas vacías, burlonas, melancólicas, cínicas, ingenuas, insomnes, vivaces. Labios de todas las formas y grosores, orejas romas y puntiagudas, mejillas deprimidas, abultadas,narices achatadas y aguileñas (similares a la de los hititas que poblaron los yacimientos ferruginosos del Mar Negro por los 1 400 años a. C.) Nada fuera de los común, es cierto; pero, son nuestros antepasados y, desde cierta perspectiva, tengo el presentimiento de que, al mirarlos, más que mirarlos me siento mirado. La misma sensación que siento al asomarme al espejo cuando me levanto de la cama. Veo muchos rostros que son mi propio rostro, una apretada síntesis de lo que soy, los millones de combinaciones genético-somáticas que tengo como herencia. Se trata de un rostro único y múltiple, suma y resta de la diversidad étnica. En otras palabras, la eternidad.

Al escudriñar y comparar esas imágenes petrificadas con los humanos que viven en éste, nuestro tiempo, sería absurdo pensar que el llamado homo sapiens, no tenga un origen común, que definitivamente no proceda en línea directa del primate arborícola, insectívoro, bípedo, mamífero, cabezón, "el más buscado" alias eslabón perdido, y que, a partir de ese punto, urgido por razones no claras pero si intuibles —alimentación, seguridad, curiosidad— se haya desplazado en grupos a diversas regiones del planeta para configurar, en otra miríada de años, lo que alguna vez se conoció como razas.

Sigo insistiendo —y es cosa conocida— que razas y etnias se definen como procesos biogenéticos de adaptación al medioambiente en condiciones de aislamiento prolongados. Estatura, coloración epidérmica, angulación de los ojos, flexibilidad del cabello, estructura corporal se desarrollaron en estrecha relación con la naturaleza.

Indudablemente, los habitantes de las zonas templadas y árticas se adaptarían mejor al ambiente con epidermis gruesas, grasosas, descoloridas y velludas. La piel de los habitantes de las zonas expuestas a radiación solar extrema desarrollarían, necesariamente, pigmentación y poca vellosidad. También es importante considerar la dieta, los hábitos de vida y los recursos tecnológicos relacionados con la sobrevivencia. En un proceso de adaptación a cada hábitat —en regiones con temperaturas tan altas como los 50 centígrados o tan bajas como los 50 centígrados bajo cero, con el sol cayendo perpendicularmente sobre sus cabezas o habitando regiones de sombras prolongadas, sometido a distintas presiones barométricas, en sabanas al nivel del mar o montañas de aire enrarecido, adaptado a una dieta de proteínas carnívora, insectívora o vegetariana, según disponga la despensa natura— el género humano se hizo diverso en la unicidad.

Sin embargo, los rasgos somáticos primigenios —negroide, beréber o mongoloide— no son inmutables. Más bien son intercambiables y se desarrollan, de acuerdo con las condiciones ambientales, el tipo de proteínas que se consume, y la calidad y cantidad del trasiego cromosomático.

En segundo lugar, los segmentos de grupos que repiten la experiencia migratoria de sus ancestros, para vivir en asentamientos aislados durante periodos extensos —a veces de cientos de miles de años— no tuvieron más alternativa que intercambiar el mismo material genético en la actividad bioreproductiva. Esto trajo como consecuencia la fijación de algunos caracteres comunes, excluyentes, diferenciadores, que terminaron por configurar, por un lado, nuevas morfologías humanas y, por el otro, variables étnicas infinitas. ¡Proceso que sigue siendo idéntico al que enfrentaron los descendientes del tronco común humano al separarse las masas continentales!

Según esquemas, convencionales por supuesto, en África fueron bantuidos, bosquimanidos, etiópidos, hotentótidos, negrillidos, nilótidos, paleonégridos, sudánidos las etnias derivadas de la rama negroide. En América: amazónidos, ándidos, apalácidos, colúmbidos, fuéguidos, ístmidos, láguidos, pámpidos, plánidos, sonóridos, subártidos. En Asia: ainuidos, arménidos, indomelánidos, mongólidos, negrítidos, paleosibíridos, pareidos, sínidos, túngidos, turánidos, védidos. En Oceanía: austrálidos, paleomelanésidos, papuidos, polinésidos. En Europa: álpidos, dináridos, ladóguidos, lapónidos, mediterránidos, nórdidos, nóridos.

Tampoco hay que poner en duda que el contacto ocasional —así sea uno en un millar— contribuyó a modificar las estructuras genéticas de etnias aparentemente aisladas del resto del mundo. Se ha comprobado que los antiguos etíopes, por ejemplo, conservaron rasgos muy definidos de sus remotos y ocasionales contactos con miembros de la rama beréber o blanca.

Es improbable que los aislamientos prolongados, que dieron lugar a las primeras razas, y luego a sus variables continentales, tuvieran carácter absoluto. Hombres de las diversas ramas y etnias, de acuerdo con las circunstancias, realizaron reencuentros y desencuentros desde épocas muy remotas, muchos de ellos no registrados por la historia. Estos contactos ocurrieron a través de las fronteras o por vía de la triangulación y radiación vecinal. Incluso pudo haber entre ellos intercambios genéticos, cuando no rama común. ¿Acaso no es evidente el parecido somático de los esquimales y los naturales del noroeste canadiense, y estos a su vez con los planidos (siux) que habitaron la cuenca del Misisipí? ¿No tienen rasgos comunes los etiópidos de África y los atlantomediterráneos de Europa? ¿Y qué decir de los fuéguidos de Chile con respecto a los mongólicos de Asia? ¿Y los ainuidos de Asia con respecto a los alpidos de Europa? ¿Y los indomelánidos de Asia con respecto a los austrálidos de Australia y los paleonégridos de África?

No cabe la menor duda de que en cientos de miles de años, producto del congelamiento de los mares, navegaciones inéditas, configuraciones geográficas no conocidas y migraciones ocasionadas por el ritmo de las estaciones, se crearon asentamientos humanos, muchos de ellos efímeros, tan dignos de tomar en cuenta como los que surgieron en Mesopotamia, Egipto, o Grecia si se los aprecia en perspectiva, aplicando con cierta reserva el criterio relativista de la antropología clásica o considerándolos como producto de un proceso ininterrumpido de acumulación biogenética, por un lado, y socio cultural por el otro. De África, por ejemplo, se habló de centros culturales de valía antes de que los nórdicos llegados a Europa aprendieran a cubrirse las vergüenzas con trapos de algodón. Muchos de esos asentamientos desaparecieron sin dejar el menor rastro. De otros quedaron secuelas de cuyos orígenes nadie puede dar fe. Pero, de lo que si estamos seguros es de que la decendencia génetica se preservó para siempre.

Sabrás de lo que hablo cuando tengas el libro en tus manos. Esos antecedentes psicosomáticos, impresos en dos dimensiones, sin relieves ni cromatismos, en alrededor de 700 páginas de papel elaborado con pulpa de madera, te resultarán extraños y lejanos, y sin embargo tan próximos a ti que se te apretará el corazón. Te será fácil percibir que detrás de esos rostros está la historia total de la humanidad, la real, la verdadera: un otro destino muy superior al que sugiere el simple registro de los conflictos sociales, las guerras, los significantes de la individualidad en las estructuras sociopolíticas y la acumulación científico-técnica-artística que con frecuencia la enaltece o envilece. De alguna manera serán como rostros de anticipación: un metalenguaje que propone revelar, más que el pasado, el porvenir de la especie. Tienen el propósito, a mi entender, de informar sobre la humana condición: proceso y devenir, ser y no ser al mismo tiempo. Todo lo cual crea la unicidad en la diversidad. Y todo eso pudo ser registrado en fotografías hace un milenio en la ciudad en la que, por ser lugar de tránsito perpetuo, te engendraron tus progenitores.

Tuyo,

PRO


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