POR LOS ARCHIVOS DE DIOS
Por Armando Silva


Apenas en el siglo pasado, los ingleses aprendieron de los hindúes que todo ser humano posee en su dedo índice una marca indeleble que hace que nos diferenciemos los unos de los otros. Por los mismos años, los franceses descubrieron que un objeto captado por una cámara oscura podía fijarse en una placa impresionable y con la ayuda del vapor de mercurio, lograron hacer aparecer una imagen a semejanza de aquel objeto que le sirvió de modelo. Se descubrió la fotografía y con ello se inicia quizá la más grande revolución en la historia de la representación del ser humano; tanto así que la fotografía se constituyó en estandarte de la modernidad visual.

Tomarse una foto del rostro fue desplazando el retrato pictórico usado en especial por la clase adinerada del siglo pasado. Poco a poco todos los estratos sociales fueron accediendo a ser felices objetivos de la cámara fotográfica. Primero la huella permitió distinguir identidades individuales, pronto la fotografía la relevó en este delicado compromiso existencial convirtiéndose en el método más plausible para distinguir entre sí a los individuos de la especie humana. Desde esos tiempos, todavía recientes y frescos para la memoria, la huella del dedo quedó profundamente emparentada con la imagen del rostro humano visto a través de la fotografía. Huella y foto nos indican diferencias de sus representados en medio de una aparente homogeneidad, pues de lejos - y por principio de observación- un dedo parece idéntico a su par y un rostro no deja de aparentar ser la misma cara de cualquier otro. Nada más pensemos aquel estereotipo tan extendido en occidente de que todas las caras de los chinos son iguales. Lo mismo dirán ellos de los hindúes, europeos, latinos o gringos.

De esta manera, hablando modernamente, la fotografía más que ningún otro medio de expresión representa y habla de identidades. Se llegó a postular, comenzando este siglo y durante varios años, que uno es igual a la foto que lo representa. Distinguir una cara de las otras constituyó motivo central para la elaboración de archivos policiacos en el afán de guardar índices de reconocimiento para distinguir los bandidos de las personas de bien. Todos los paises, progresivamente, fueron acogiendo el retrato del rostro en calidad de marca fundamental de reconocimiento y se dio la costumbre de colocar en la parte alta de la Carta de Identidad la foto de la persona junto a un número asignado que hacia equivalente la persona con su codigo visual. El mundo se fue llenando de cámaras fotográficas y su uso se amplio no sólo hacia ciertos fines ceremoniosos como la foto estudio o luego la foto de ceremonia familiar, sino que toda ocasión se fue erigiendo en motivo relevante. Es así como todo el mundo - o casi todo- en los últimos años de este siglo XX posee al menos una cámara de fotografías. Los motivos solemnes de la foto estudio, el matrimonio, la pose de identidad, el bautismo o los 15 años, también se extienden ante la lente fotográfica hasta paseos, salidas simples a la calle, carros, casas, animales; nada se escapa a su registro imperial. Nos llegó después la invasión universal de los turistas quienes, cámara en mano, captan todo rincón geográfico en búsqueda de recuerdos primorosos y exóticos; pero todos de una u otra manera nos volvemos turistas y nos definimos como viajeros porque tomamos fotos. Ser ciudadano internacional quiere decir de alguna manera que somos fotógrafos de las cosas más baladíes. En las colecciones privadas y públicas han quedado, para disfrute de sus poseedores y como legado histórico de esta época atormentada por la búsqueda de la imagen de sí misma, muchos fragmentos del mundo, infinidad de paisajes, efectos de luces y todo tipo de objetos que ningún otro archivo de la visualidad puede lograr. La modernidad, parangonando las palabras del filósofo Heidegger, adquiere resonancia en la fotografía: época del mundo como imagen.

Empero toda invención humana queda sujeta al juicio histórico . En los últimos años de este siglo un sin igual número de eventos y descubrimientos en las nuevas tecnologías que toman como base el computador ha llegado a poner en duda el imperio de certeza fotográfica. Ya no podemos seguir postulando como lo hizo Benjamin una época de la reproductibilidad técnica (inspirada en la copia fotográfica ) en la cual un original se repite cuantas veces se quiera para consagrar la seriedad y la pérdida de la obra única. La copia adquiere la expresión de un momento en la historia, aquel en el cual todo se reproduce en serie, ya no sólo imágenes, también modas, comidas, casas, soluciones de todo tipo para una variedad de públicos que se copian los unos a los otros. Varios hechos inaugurados hacia el nuevo milenio conmueven por las pistas que ya nos entregan de una total transformación en la compresión de la imagen fotográfica. Ya no se hablaría más de copia de un original sino de la existencia de muchos originales. El programa photoshop permite repetir un original en otros tantos pues cada uno posee la condición de ser único. Una imagen fotográfica sometida al procedimiento de intervención del programa mencionado puede producir tantas variaciones cuantas se quiera y sacar cada una con un nuevo y mínimo rasgo que transforma el anterior. Cada foto se vuelve apenas matriz de otros muchos que a su vez pueden ser matrices para otras tantas que permita infinidad de duplicaciones (ya no más copias). Así mismo se perfila otra dimensión de la memoria, pues foto y recuerdo, visiones del pasado, entran en severa crisis.

Y al mismo tiempo que ocurren las innovaciones tecnológicas que dan a la postre con la derrota del modelo de un original y varias copias, los estudios en la lógica, sobre todos aquellos desarrollados desde el filósofo Charles Peirce, han conducido al convencimiento de que la naturaleza visual de la foto nunca fue la de un ícono de su objeto que representa pues más que una analogía de semejanza posee una capacidad indicativa, indexical que lo único que puede atestiguar es que allí, en el objeto representado, hubo un objeto que despidió luz y que impregnó la película con bromuro de plata y por tanto se produjo una imagen. La foto desde esta lógica contemporánea no es un sustituto de algo real que capta, sino una nueva realidad construida. La certeza cede y quedan en la fotografía sólo señales que exigen que cada figura debe ser interpretada, deducida. Por la vía de la fotografía entonces la modernidad que representa entra en crisis.

Y bajo este panorama de pérdida de certezas y nuevas evidencias sobre el uso y función de la fotografía contemporánea ¿ qué pretende Alexander Honory regresando a los momentos originarios de la fotografía, encerrando a sus posantes en un contenedor (remembranza de la carpa de circo ) y pidiéndoles que miren su lente para una foto recuerdo de su visita a distintas ciudades del mundo? He visto largas filas esperando cada uno su turno para sentarse frente al fotógrafo y entregarles tan sólo su rostro. He sorprendido a ciudadanos fascinados con la experiencia de posar para un extraño extranjero. He visto lo que quizá vieron los primeros exploradores de la foto callejera que iban de puerto en puerto animando a los transeúntes a volverse sus clientes del retrato maravilloso. Pero ¿ por qué? Esa es la incógnita principal, un siglo después de aquellos primeros fotógrafos urbanos y trotamundos podemos asistir todavía a similares emociones en tan distintas ciudades en culturas y niveles de desarrollo como Viena, Bogotá, Panamá, Buenos Aires u otras del Africa y del Asia ¿ Por qué, insisto, cuando la convicción de certeza de la fotografía cae y cuando las nuevas tecnologías han hecho añicos la convicción de imagen como verdad, vuelve a resurgir tal pasión por ofrecer el rostro a un desconocido para que luego éste nos lo devuelva en un libro tan simple y sencillo como el hecho de que casi carece de texto y su importancia radica en que colecciona fotos y las pone una detrás de otra sin ningún otro orden que el azar en el que fueron apareciendo cuando se les hizo la toma? Algo misterioso sucede con el que pareciese simple proyecto de Alexander. Y él mismo nos lo está revelando colocándose en una frontera: aquella de la foto en mitad de caminos entre identificación y gesto estético.

El artista me ha dicho que no busca algo distinto a captar rostros de diversas culturas expuestas bajo el mismo ángulo de la visión e igual luz y distancia. Pero tal enunciado elemental -y apenas constatativo- no hace más que hacer crecer el misterio. Pues lo que importa en verdad es el otro lado: por qué la gente participa de modo tan espontáneo e incluso con gratitud (sin recibir ninguna compensación ) de un proyecto global que sólo está en la mente de su creador. Han de existir razones profundas para tal deseo de participación colectiva. Al menos dejo dos inquietudes para quienes lean este escrito. Una de carácter individual y la otra social .

Primero me apresuro a constatar que todavía la fotografía sigue siendo magia de identificación y cada individuo sueña con ver su rostro proyectado (complejos mecanismos psicológicos se hacen presentes). No por azar al descubrimiento del inconsciente en el psicoanálisis le precedió la foto y no ha sido excepcional que observadores del tema hayan recurrido a mostrar evidencias familiares. Como que el inconsciente se relaciona con el cuarto oscuro de la cámara o que el consciente se hermana con el revelado y el papel impreso; o que el posante proyecta en la foto sus propias fantasías de cómo aspira ser visto. Así, en plena época de crisis de la certeza fotográfica sobrevive su componente imaginario de que la foto nos ayuda a mostrarnos como quisiéramos ser. Y segundo, por el lado social, también encuentro razones poderosas. He podido constatar mirando los libros en los que concluye la labor de Alexander Honory que la gente, los ciudadanos de Viena o Bogotá, disfrutan el saber que junto a su rostro aparecerán otros tantos (719) de su misma ciudad y entorno. Curioso sentimiento ese de obtener placer de saber que su rostro será expuesto junto con otros de su grupo. No desconozco que aquellas ataduras de sentirse individuo de una nación o macro identificaciones similares vienen en gran crisis dentro del avance hacia sociedades globales y que más bien tienden a consolidarse sentimientos de unión grupal, barrial o territorial, para que de alguna manera el globalizarse sea también un modo de localizarse: vivimos quizá la primera civilización desterritorializada en la cual el lugar pasa a ser más un hecho imaginario que un espacio geográfico que asociaba al individuo con su cultura única. Pero algo de ellos hay en este juego de Honory y de su sensible y carismático productor Engelbert Theuretzbacher pues desde la convocatoria que hacen al llegar a Bogotá, influyó en sus logros esa táctica secreta de provocar y seducir los ciudadanos para que se acerquen a su estudio móvil y dejen allí su pinta impresa. El fotógrafo, Ewa Kulasek su esposa artista y sus vitales productores Engel y Pablo Burgos, se ubicaron en un lugar céntrico de Bogotá, en la Plaza de Bolívar, lugar sagrado desde donde hace muchos años salió la independencia colombiana. Allí los ciudadanos fueron entrando al contenedor para dejar las huellas de sus rostros, pero esta vez no se trataba de la expedición de una cédula de ciudadanía, sino de un retrato de libre expresión.

Creo así que el aporte de Honory responde de crear la ilusión de un territorio urbano, transitorio y ocasional, como es aparecer en un mismo libro que sólo muestra caras vienesas, bogotanas o porteñas, se constituye en una de las principales sugerencias que nos deja y en expresión en sí misma del poder de la imagen visual en la construcción de las modernas personalidades urbanas. Este proyecto que definido por su creador sólo apunta a captar rostros y colocarlos luego en un libro-memoria de cada ciudad se torna en algo más que en pura estética. Se perfila como un proyecto muy original por evocar cierto orden cultural en el cual hacer rostros es la base de una sociedad planetaria que no sólo es diferente (y la diferencia hay que evidenciarla ) en razas, etnias, sexos, generaciones o grupos sociales, sino que revela una tal diversidad de expresiones que convierte sus libros en paradigma visual de un ’mundo de personas’ que se colocan de distinta manera para ser fotografiados. Estamos frente a la fotografía-mundo y su cultura visual.

Esto es lo maravilloso: que los distintos ciudadanos del mundo aún bajo las mismas circunstancias de enunciación ( igual contenedor, la misma luz y distancia, las mismas frases cordiales pero secas del fotógrafo) posamos distinto para dejar ver nuestros autorelatos de cómo nos concebimos así mismos. Y también porque si uno se deja ir por las señas de los posantes, por sus miradas o sus bocas, sus cicatrices, tatuajes, sus pómulos o gestos, se va descubriendo una ciudad y una cultura detrás de los rostros impasibles. Ojalá el deseo imposible de tener las fotos de todos los individuos del mundo en un mismo lugar se pudiese cumplir para guardar, como haría Dios, un archivo universal de caras de todos los habitantes planetarios. Como ese deseo divino es inconcebible en los seres mundanos, lo que nos deja Alexander Honory en la memoria futura en su original propuesta es un testimonio de un microcosmos bastante amplio del mundo todavía moderno en el cual la foto nos ha servido para vernos como unidad transitoria de cada ciudad visitada, además de ser protagonista y portadora de la belleza de los rostros de los distintos pueblos: ver cada ciudad a través de la mirada de sus ciudadanos pues la ciudad habita nuestros gestos y enseña ciertas poses particulares. Descubrir, repasando las expresiones, a una apacible Viena, por ejemplo, con evidente uniformidad y discreto encanto frente a una Bogotá revuelta, con caras marcados por el dolor de la pobreza o el sigilo de la esperanza; por la belleza andina de sus mujeres y hombres y sus fabulosas mezclas raciales, o los mismos ancianos que le han regalado al fotógrafo alguna mueca solidaria con su oficio, o tantos trabajadores callejeros que abandonaron su actividad para por un segundo perderse en la fantasía del espectáculo que duplica su cara y así tantas otras evidencias que han quedado constatadas para este libro que presento, lo consterna a uno en la apreciación de esa profunda e indescifrable naturaleza humana registrada por la fotografía. Pero le dan a uno también muchos ánimos y deseos por ahondar más en el espíritu de esa gente que con tanta nobleza y sentimiento le permitieron a Alexander y a Engel llevarse las marcas de sus rostros para que algún otro día en algún futuro que no está en nuestra memoria otros exploradores de la naturaleza humana, en otro milenio y otro espacio puedan ser testigos de la emancipación visual de un pueblo que se dejó fotografiar.

Y en ese ejercicio mundano el fotógrafo ha contribuido a sugerir un espacio de ficción, el libro y la posterior exhibición de las fotos, en el cuál Bogotá vibra y se muestra como una ciudad unida por tal territorio transitorio. Y si aún comparamos el libro de rostros bogotanos y vieneses con los de las otras 10 ciudades incluidas en el proyecto, entonces la mirada se ampliará y podremos vernos todos apenas como parte de una sociedad planetaria, en los últimos vestigios expresivos de finales de un milenio, cuando la fotografía clásica cede su reinado de identificación de los rostros a otras técnicas talvez más exactas, pero sin duda, menos emocionantes, para nosotros, los viejos modernos de este planeta que todavía insiste en ser fotografiado. Honory ha detenido el mundo por unos instantes.
Bogotá, agosto 19 de 1997

Armando Silva es Profesor de la Universidad Nacional de Colombia


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